
El presidente Donald Trump ha redoblado su respaldo al secretario de Salud Robert F. Kennedy Jr., a pesar de las crecientes críticas de legisladores, científicos y organizaciones de salud pública por sus controvertidas políticas en materia de vacunación. Kennedy, conocido desde hace años por su escepticismo hacia las vacunas, ha actuado de manera agresiva desde que asumió el cargo: recortó la financiación federal para la investigación en vacunas, limitó el acceso a las vacunas contra la COVID-19 y destituyó al director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC).
Estas medidas han despertado una amplia preocupación sobre el posible resurgimiento de enfermedades prevenibles como el sarampión y la polio, en un momento en que las tasas de vacunación ya están bajo presión en todo el mundo. Expertos en salud pública advierten que la postura de Kennedy socava décadas de progreso en la prevención de enfermedades y podría provocar brotes graves.
Socios internacionales, incluida la Organización Mundial de la Salud, han expresado alarma por el giro en la política de Estados Unidos, señalando que el liderazgo de Washington es crucial para mantener los programas globales de vacunación. En el plano interno, voces bipartidistas en el Congreso han criticado duramente a la administración: los demócratas acusan a Trump de poner en peligro la salud de los niños, mientras que algunos republicanos temen las consecuencias políticas de alinearse con la retórica antivacunas. A pesar de estas advertencias, Trump ha defendido públicamente a Kennedy en repetidas ocasiones, describiéndolo como un “buscador de la verdad” que no teme desafiar a las instituciones establecidas.
En un reciente mitin, Trump elogió el “valor de Kennedy para enfrentarse a los poderosos intereses farmacéuticos”, presentándolo como un reformador que prioriza la libertad individual sobre los mandatos gubernamentales. Este mensaje resuena con sectores de su base que desconfían de la ciencia convencional y de las agencias federales, reforzando el atractivo populista del presidente.
El ascenso de Kennedy al cargo más alto en el sector salud fue, de por sí, inusual. Tras apoyar a Trump en las elecciones de 2024 y liderar el movimiento “Make America Healthy Again”, Kennedy se convirtió en un símbolo de la disposición de Trump a recompensar la lealtad y a incorporar figuras externas al sistema. Durante sus audiencias de confirmación en el Senado, Kennedy enfrentó un intenso cuestionamiento sobre sus puntos de vista, y los senadores lo presionaron sobre si sus políticas aumentarían los riesgos de salud pública.
Aunque sus respuestas hicieron poco por tranquilizar a los críticos, Trump manifestó inmediatamente plena confianza en su designado, insistiendo en que Kennedy “tiene buenas intenciones” y que las perspectivas alternativas deben tener espacio en la toma de decisiones del gobierno. No obstante, los riesgos políticos son considerables. Las encuestas muestran que, si bien algunos votantes valoran la independencia de Kennedy, una mayoría expresa preocupación por las políticas de vacunación de la administración.
Los analistas advierten que la continua defensa de Trump hacia Kennedy podría alejar a votantes moderados en estados clave, particularmente a padres que dependen de las vacunas para sus hijos. Sin embargo, para Trump la apuesta parece clara: Kennedy representa no solo a un secretario de Salud, sino a un símbolo cultural de desafío contra el “establishment”.
Mientras el debate se intensifica, Estados Unidos se encuentra en una encrucijada en materia de política sanitaria. Si la apuesta de Trump dará frutos en el terreno político, o si el mandato de Kennedy será recordado por socavar la infraestructura de vacunación en el país, sigue siendo una de las preguntas más trascendentales que enfrenta la administración.